domingo, 9 de enero de 2011

LOS SOLES NEGROS: POETAS Y SUICIDAS


Entre los habitantes del Parnaso abundan los depresivos, los desesperados, los suicidas. Ya desde el Romanticismo, sobre todo con la irrupción de la moda del wertherismo, la figura del poeta que no encuentra su sitio en una realidad que le niega la realización de su ideal se convierte en tópico. La muerte se transforma así en una drástica válvula de escape frente a un entorno alienante que, de hecho, mata en vida por dentro paulatinamente al poeta. Pero tampoco hay que olvidar que la muerte es la última y más misteriosa puerta que abrimos en el curso de nuestra existencia y que, como todo lo abismal, tiene su desazonante atractivo; así el poeta, frente al espejo, con el revólver apuntando a su sien, siente el mismo deseo de saltar al vacío que arde en las entrañas del acrófobo cuando éste se asoma a una sima insondable. Está claro: lo que nos horripila, al mismo tiempo, nos seduce.... ¿y si no porqué consideramos obras de arte, por ejemplo, Los caprichos de Goya, la inquietante pintura de Edvard Much o la novela gótica?
La lista de bardos que sucumbieron al fatal atractivo de la autoaniquilación es extensa y variopinta. Los hay que tuvieron demasiada prisa en abrazar la nada, como el poética romántico británico Thomas Chatterton, quien decidió poner fin a su vida a la tierna edad de diecisiete años envenenándose (¿con arsénico? ¿con una sobredosis de opio?) cuando al fin los críticos descubrieron la hábil falsificación literaria (unos supuestos poemas medievales, en realidad, escritos por él mismo) con que los había estado engañando el portentoso poeta adolescente. Algo mayor, veintiséis años, pero joven en cualquier caso, era Mário de Sá-Carneiro, uno de los pioneros del vanguardismo portugués junto con Pessoa (de quien era muy amigo), típico poeta bohemio, inadaptado social, que puso fin a su melancólica vida en su cubil parisino con cinco tarros de arseniato de estricnina. Un año más contaba Georg Trakl, máximo representante del expresionismo poético centroeuropeo, cuando decidió desaparecer para siempre tomando una sobredosis de cocaína en el psiquiátrico de Cracovia donde se hallaba confinado a causa de la depresión, la droga, el alcohol y la traumática experiencia de la Gran Guerra.

También era joven, veintinueve, el poeta y escultor surrealista francés Jean-Pierre Duprey, quien, sin embargo, eligió el método del ahorcamiento, colgándose en su estudio en el otoño de 1959. Duprey (uno de los poetas más tenebrosos del surrealismo francés), al igual que Trakl, había pasado por el manicomio, si bien en su caso fue, al parecer, como castigo por haber orinado en la parisina Tumba del Soldado Desconocido. Pero si hay un ahorcado ilustre en el panteón poético ése es Gérard de Nerval, el poeta viudo, el desconsolado, “el sol negro de la melancolía”, quien después de dejar tras de sí algunos de los versos más enigmáticos del simbolismo francés se colgó de una farola en un callejón de París. El día anterior había dejado a su tía, en casa de la cual vivía tras su ruina económica y existencial, una críptica nota de despedida: “Hoy no me esperes porque la noche será negra y blanca." Tenía cuarenta y seis años aunque su rostro ajado por la demencia y el sufrimiento aparentaba muchos más.

Al más puro estilo Werther, algunos optaron por las armas de fuego. Entre ellos acaso el más legendario sea Vladimir Maiakovski, cabeza visible del futurismo ruso, quien, según se dice, afectado por las críticas de “formalista” (o lo que es lo mismo, burgués) vertidas sobre él por la prensa del régimen de Stalin, se descerrajó un disparo en el corazón a los treinta y seis años. Parecido modus operandi usó el padre del modernismo colombiano, José Asunción Silva, quien se disparó un tiro en el pecho, donde se había hecho dibujar por su médico un corazón. Tenía tan sólo treinta y un años.

Pero sin duda el método más recurrente entre los poetas suicidas es el envenenamiento. Fue la ingesta de veronal (un barbitúrico que usaba para combatir su insomnio crónico) lo que llevó a la tumba a los cuarenta años de edad al venezolano José Antonio Ramos Sucre, uno de los poetas más misteriosos e inclasificables de América Latina. También fue el veronal el responsable de la muerte de Florbela Espanca, feminista y figura capital del modernismo portugués, justo el día de su trigésimo sexto cumpleaños, tras serle diagnosticado un edema pulmonar. Más conocida aún es la historia de la argentina Alejandra Pizarnik, quizá por ser una muerte ya anunciada en sus poemas; Pizarnik se pasó la vida de psiquiatra en psiquiatra, medicándose para paliar su incurable amargura vital, hasta que, por fin, a los treinta y seis años, puso fin a su sufrimiento atiborrándose de barbitúricos.
Alejandra Pizarnik, bajo las alas de un condor.
 (¿Un negro presagio de una muerte proxima?)




También los hay que utilizaron métodos de suicidio más, digamos, “modernos”. Así, el poeta y gran narrador del surrealismo francés René Crevel se quitó la vida abriendo la espita del gas de su domicilio. Sobre Crevel, pesaba la sombra de una muerte segura por una tuberculosis en estado muy avanzado, a la que había estado esquivando durante años de vida bohemia, de orgías y drogas, hasta que comprendió que la fiesta se había acabado para él a los treinta y cinco años. También víctima del gas de un horno casero, falleció a los treinta y un años otra ilustre poetisa suicida, la norteamericana Sylvia Plath, cuyos versos como los de Pizarnik presagiaban un desenlace trágico para sus conflictos psíquicos. Muy comparada con Plath, su compatriota Anne Sexton, puso fin a sus padecimientos psicológicos inhalando monóxido de carbono en su garaje. Sexton, sin embargo, vivió algo más que Plath: cuarenta y cinco años.

Mencionaremos por último algunos poetas que murieron manera si cabe más desesperada, arrojándose al mar o al vacío. Muerte extraña donde las haya fue la de Arthur Cravan, excéntrico poeta suizo sobrino de Oscar Wilde y campeón del humor negro (llegó a anunciar a bombo y platillo que se suicidaría en público), que “desapareció” durante una travesía por el Atlántico en algún lugar del Golfo de México. Aún no había cumplido los cuarenta. Más romántica fue la muerte de la argentina Alfonsina Storni, quien probablemente víctima de un desengaño amoroso, se arrojó al océano desde una escollera de Mar del Plata. Tenía cuarenta y seis años. Más recientemente, la senectud y la depresión debieron pesar sobre el rumano Gherasim Luca (ochenta y un años de edad) y el español José Agustín Goytisolo (setenta) quienes se arrojaron el uno al río Sena, el otro al vacío desde el balcón de su casa, en 1994 y 1999 respectivamente. Curiosamente, en esa misma década, en 1995, el filósofo francés Giles Deleuze, amigo de Gherasim Luca, también murió arrojándose al vacío desde la ventana de su apartamento de París. Y es que los noventa, con el fin de las utopías y la vuelta a los valores conformistas, fueron malos tiempos para la lírica.

Según parece, es algo característico de los poetas morir antes de tiempo. Pero esto no significa que los poetas no amen la vida, al contrario; por paradójico que parezca el suicida muy a menudo pone fin a su existencia por puro amor a la vida, al no serle permitido vivir ésta plenamente. El suicidio se convierte así en un acto nihilista de rebeldía frente a un mundo inhabitable. Quizá sea ésa la razón por la cual las autoridades y los grandes medios de comunicación ocultan las escandalosas estadísticas de suicidios y cuando no lo hacen tienden a negar el evidente vínculo entre el entorno y este tipo de muertes, desviando la atención del público hacia supuestos factores biológicos o genéticos. Todo es válido con tal de que el individuo no tome conciencia de la ruina existencial que lo rodea.

Núcleo de experimentación poética
Pléyade Negra

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