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domingo, 9 de enero de 2011

LOS SOLES NEGROS: POETAS Y SUICIDAS


Entre los habitantes del Parnaso abundan los depresivos, los desesperados, los suicidas. Ya desde el Romanticismo, sobre todo con la irrupción de la moda del wertherismo, la figura del poeta que no encuentra su sitio en una realidad que le niega la realización de su ideal se convierte en tópico. La muerte se transforma así en una drástica válvula de escape frente a un entorno alienante que, de hecho, mata en vida por dentro paulatinamente al poeta. Pero tampoco hay que olvidar que la muerte es la última y más misteriosa puerta que abrimos en el curso de nuestra existencia y que, como todo lo abismal, tiene su desazonante atractivo; así el poeta, frente al espejo, con el revólver apuntando a su sien, siente el mismo deseo de saltar al vacío que arde en las entrañas del acrófobo cuando éste se asoma a una sima insondable. Está claro: lo que nos horripila, al mismo tiempo, nos seduce.... ¿y si no porqué consideramos obras de arte, por ejemplo, Los caprichos de Goya, la inquietante pintura de Edvard Much o la novela gótica?
La lista de bardos que sucumbieron al fatal atractivo de la autoaniquilación es extensa y variopinta. Los hay que tuvieron demasiada prisa en abrazar la nada, como el poética romántico británico Thomas Chatterton, quien decidió poner fin a su vida a la tierna edad de diecisiete años envenenándose (¿con arsénico? ¿con una sobredosis de opio?) cuando al fin los críticos descubrieron la hábil falsificación literaria (unos supuestos poemas medievales, en realidad, escritos por él mismo) con que los había estado engañando el portentoso poeta adolescente. Algo mayor, veintiséis años, pero joven en cualquier caso, era Mário de Sá-Carneiro, uno de los pioneros del vanguardismo portugués junto con Pessoa (de quien era muy amigo), típico poeta bohemio, inadaptado social, que puso fin a su melancólica vida en su cubil parisino con cinco tarros de arseniato de estricnina. Un año más contaba Georg Trakl, máximo representante del expresionismo poético centroeuropeo, cuando decidió desaparecer para siempre tomando una sobredosis de cocaína en el psiquiátrico de Cracovia donde se hallaba confinado a causa de la depresión, la droga, el alcohol y la traumática experiencia de la Gran Guerra.

También era joven, veintinueve, el poeta y escultor surrealista francés Jean-Pierre Duprey, quien, sin embargo, eligió el método del ahorcamiento, colgándose en su estudio en el otoño de 1959. Duprey (uno de los poetas más tenebrosos del surrealismo francés), al igual que Trakl, había pasado por el manicomio, si bien en su caso fue, al parecer, como castigo por haber orinado en la parisina Tumba del Soldado Desconocido. Pero si hay un ahorcado ilustre en el panteón poético ése es Gérard de Nerval, el poeta viudo, el desconsolado, “el sol negro de la melancolía”, quien después de dejar tras de sí algunos de los versos más enigmáticos del simbolismo francés se colgó de una farola en un callejón de París. El día anterior había dejado a su tía, en casa de la cual vivía tras su ruina económica y existencial, una críptica nota de despedida: “Hoy no me esperes porque la noche será negra y blanca." Tenía cuarenta y seis años aunque su rostro ajado por la demencia y el sufrimiento aparentaba muchos más.

Al más puro estilo Werther, algunos optaron por las armas de fuego. Entre ellos acaso el más legendario sea Vladimir Maiakovski, cabeza visible del futurismo ruso, quien, según se dice, afectado por las críticas de “formalista” (o lo que es lo mismo, burgués) vertidas sobre él por la prensa del régimen de Stalin, se descerrajó un disparo en el corazón a los treinta y seis años. Parecido modus operandi usó el padre del modernismo colombiano, José Asunción Silva, quien se disparó un tiro en el pecho, donde se había hecho dibujar por su médico un corazón. Tenía tan sólo treinta y un años.

Pero sin duda el método más recurrente entre los poetas suicidas es el envenenamiento. Fue la ingesta de veronal (un barbitúrico que usaba para combatir su insomnio crónico) lo que llevó a la tumba a los cuarenta años de edad al venezolano José Antonio Ramos Sucre, uno de los poetas más misteriosos e inclasificables de América Latina. También fue el veronal el responsable de la muerte de Florbela Espanca, feminista y figura capital del modernismo portugués, justo el día de su trigésimo sexto cumpleaños, tras serle diagnosticado un edema pulmonar. Más conocida aún es la historia de la argentina Alejandra Pizarnik, quizá por ser una muerte ya anunciada en sus poemas; Pizarnik se pasó la vida de psiquiatra en psiquiatra, medicándose para paliar su incurable amargura vital, hasta que, por fin, a los treinta y seis años, puso fin a su sufrimiento atiborrándose de barbitúricos.
Alejandra Pizarnik, bajo las alas de un condor.
 (¿Un negro presagio de una muerte proxima?)




También los hay que utilizaron métodos de suicidio más, digamos, “modernos”. Así, el poeta y gran narrador del surrealismo francés René Crevel se quitó la vida abriendo la espita del gas de su domicilio. Sobre Crevel, pesaba la sombra de una muerte segura por una tuberculosis en estado muy avanzado, a la que había estado esquivando durante años de vida bohemia, de orgías y drogas, hasta que comprendió que la fiesta se había acabado para él a los treinta y cinco años. También víctima del gas de un horno casero, falleció a los treinta y un años otra ilustre poetisa suicida, la norteamericana Sylvia Plath, cuyos versos como los de Pizarnik presagiaban un desenlace trágico para sus conflictos psíquicos. Muy comparada con Plath, su compatriota Anne Sexton, puso fin a sus padecimientos psicológicos inhalando monóxido de carbono en su garaje. Sexton, sin embargo, vivió algo más que Plath: cuarenta y cinco años.

Mencionaremos por último algunos poetas que murieron manera si cabe más desesperada, arrojándose al mar o al vacío. Muerte extraña donde las haya fue la de Arthur Cravan, excéntrico poeta suizo sobrino de Oscar Wilde y campeón del humor negro (llegó a anunciar a bombo y platillo que se suicidaría en público), que “desapareció” durante una travesía por el Atlántico en algún lugar del Golfo de México. Aún no había cumplido los cuarenta. Más romántica fue la muerte de la argentina Alfonsina Storni, quien probablemente víctima de un desengaño amoroso, se arrojó al océano desde una escollera de Mar del Plata. Tenía cuarenta y seis años. Más recientemente, la senectud y la depresión debieron pesar sobre el rumano Gherasim Luca (ochenta y un años de edad) y el español José Agustín Goytisolo (setenta) quienes se arrojaron el uno al río Sena, el otro al vacío desde el balcón de su casa, en 1994 y 1999 respectivamente. Curiosamente, en esa misma década, en 1995, el filósofo francés Giles Deleuze, amigo de Gherasim Luca, también murió arrojándose al vacío desde la ventana de su apartamento de París. Y es que los noventa, con el fin de las utopías y la vuelta a los valores conformistas, fueron malos tiempos para la lírica.

Según parece, es algo característico de los poetas morir antes de tiempo. Pero esto no significa que los poetas no amen la vida, al contrario; por paradójico que parezca el suicida muy a menudo pone fin a su existencia por puro amor a la vida, al no serle permitido vivir ésta plenamente. El suicidio se convierte así en un acto nihilista de rebeldía frente a un mundo inhabitable. Quizá sea ésa la razón por la cual las autoridades y los grandes medios de comunicación ocultan las escandalosas estadísticas de suicidios y cuando no lo hacen tienden a negar el evidente vínculo entre el entorno y este tipo de muertes, desviando la atención del público hacia supuestos factores biológicos o genéticos. Todo es válido con tal de que el individuo no tome conciencia de la ruina existencial que lo rodea.

Núcleo de experimentación poética
Pléyade Negra

ABORTO Y MATERNIDAD

Durante generaciones las mujeres hemos tenido que absorber los valores tradicionales de cualquier familia católica: el sacrifico, el amor al otro antes que a nosotras mismas… Pero ahora muchas somos conscientes de la esclavitud de pensamiento en la que hemos vivido y si antes nos rebelábamos a ello, ahora lo hacemos mucho más convencidas.

Desde pequeñas hemos tenido que escuchar que la única forma de realizarnos de verdad como mujeres es siendo madres, parece ser que estamos obligadas a cumplir esa misión tan específicamente femenina que es parir un hijo. Sin embargo, sin privarnos de la posibilidad de ser madres en el momento que nosotras queramos, nos negamos a que por un error, un accidente o una imprudencia se nos imponga el embarazo, maternalizando nuestro presente y nuestro futuro a la fuerza.

Desgraciadamente y aunque no queramos, hemos crecido con la religión católica metida en las venas. Hemos vivido en una sociedad capitalista, de la que la Iglesia ha sido el brazo armado ideológico, que ha ignorado y sometido durante siglos las necesidades de la mujer y que aún ahora lo sigue haciendo. Una sociedad donde los cuerpos de las mujeres han sido siempre anulados sexualmente y considerados, además, causa de pecado. Pero la sexualidad, y sobre todo la sexualidad femenina, no debe ser usada única y obligatoriamente para la reproducción. Hay que dejar atrás miedos, vergüenzas y tabúes para poder conseguir esa felicidad que nos da una sexualidad plena.

Hoy en día no hemos avanzado mucho en políticas de educación sexual. La iglesia y los sectores más tradicionalistas siguen inmiscuyéndose. No tenemos una educación sexual basada en la protección y la libertad sexual. El embarazo, aunque sea no deseado, se plantea como único camino posible, ya que un aborto trastoca todo el sistema patriarcal en el que hemos sido formadas. Lo socialmente esperado es que toda mujer sea una madre en potencia y que si ha quedado embarazada, cualquiera que sea su situación, este estado de maternidad sea natural en ella, íntimamente deseado (algo que nos es repetido infinidad de veces desde la infancia), y que lo aceptará tarde o temprano con la naturalidad, la alegría y todo el sacrificio que su feminidad aprendida lo demande. Esa es su principal y única función, ese es el interés social por el que se prioriza la vida de un embrión sobre la vida de la mujer, porque es madre antes que mujer.

Nos bombardean por todos lados y de todas formas con esta idea. Somos conscientes de lo difícil que es y lo que cuesta deconstruirnos, buscarnos y ser nosotras mismas. Por eso es tan compleja la decisión de abortar. Nadie, únicamente aquella mujer que pasó por esa circunstancia en su vida, sabe lo que significa o significó ese momento de decisión. Porque no es tan fácil decidir abortar o no. Ni siquiera es difícil, ni muy difícil. Es una decisión que se toma en un contexto extremo.

Esta es la sociedad que califica de delito e inmoral el acto de abortar, de terminar con una dificultad, con una pena que sólo siente el cuerpo y la psique de la mujer a quien le afecta. Que culpabiliza a las mujeres de querer tener una mínima dignidad como personas, que no nos otorga la capacidad de escoger y decidir por nosotras mismas nuestro bienestar y el de nuestrxs hijxs .

Nuestro derecho a la libre decisión y el discernimiento, no es de ningún modo simplista, ni egoísta, como sentenciaría la mentalidad judeocristiana en la que vivimos, que ha llevado sus convicciones religiosas al plano legal y político. Es un tema especialmente sensible para nosotras las mujeres. Penar, de cualquier modo, cualquier intento de priorizar nuestra vida, en el fondo no es más que la expresión del miedo a dejar de tener el poder y el control sobre el cuerpo femenino y sobre su sexualidad, y al derrumbe de los valores sociales que ello representa. Negarnos a ser atadas a una responsabilidad que no deseamos puede ser catalogado como una decisión egoísta. Sin embargo, es una decisión libre, nuestra, ejercida voluntariamente o por necesidad y a pesar de la ilegalidad e inmoralidad con que se la sentencie: es nuestra.

Nadie es tan importante o inteligente como para poner nuestras decisiones, emociones, proyectos de vida, sueños y frustraciones en sus manos.

Nadie nos puede negar la posibilidad de una maternidad concebida en total libertad y buena salud mental y física.

Nadie nos puede obligar a ser madres mientras no tengamos la certeza de que esa personita podrá recibir lo mejor de lo mejor.

Es necesario tener en cuenta la vida y la calidad de vida de la mujer, de la que aún depende el nonato, y dependerá no sólo los nueve meses de gestación, sino gran parte de su vida; si no es toda su vida. Obligar a ser madre a una mujer que no es capaz de dar a unx niñx los cuidados necesarios o de satisfacer sus necesidades para asegurarle un desarrollo sano y feliz, eso sí que es inmoral.

Las mujeres sin recursos económicos o carentes de información, y otras que sí los tienen pero que no sienten el deseo de ser madres en ese momento, son las verdaderas víctimas de las ilegalización o las restricciones sobre el aborto. Su legalización permite el acceso a abortos seguros o, lo que es lo mismo, a una mejor salud para las mujeres. Sancionar el aborto no disminuye su práctica, sino que arroja a las mujeres que quieren abortar a un mundo clandestino dispuesto a solucionar su problema, aumentando los riesgos sobre su salud e incluso provocando la muerte de muchas mujeres, sobre todo de escasos recursos, ya que las de un alto nivel económico se buscarán unas buenas clínicas que les den las condiciones sanitarias adecuadas o utilizarán el “turismo abortivo”, yendo a abortar a países con una legislación más abierta.

En el estado español el aborto fue despenalizado en 1985. Pero la ley de ninguna manera ha supuesto que las mujeres podamos decidir si continuamos o no con nuestro embarazo, ya que la última palabra la tienen otros: médicos, ginecólogos, psiquiatras, etc. Hoy en día tenemos el aborto despenalizado en casos de violación (hasta las 12 semanas), malformación fetal (hasta las 22) y grave riesgo para la salud física o psíquica de la madre durante los nueve meses de gestación. Esto tiene deficiencias importantes como que no se dé solución a los diagnósticos tardíos. Este vacío legal ocasiona situaciones muy desagradables cuando se detectan en el feto malformaciones incompatibles con una vida digna más allá de la semana 22. A pesar de las súplicas de las madres, la ley impide practicar un aborto y obliga a llevar a término ese embarazo y dar a luz a unx niñx que no sobrevivirá, o lo hará en unas condiciones insoportables. Actualmente, sólo las mujeres que tienen una situación económica desahogada pueden buscar soluciones alternativas en otros países como Francia donde este caso está regulado hasta el final del embarazo.

Pasar por la experiencia de un aborto es un trago amargo, que se ve intensificado por la situación de indefensión en la que estamos las mujeres, obligadas a tener el consentimiento de un médico para poder abortar, o simplemente a pasar por la burocracia de estar dando explicaciones. Todo esto acumula trámites y alarga el proceso, y, con ello, el sufrimiento. Encima, este visto bueno por parte del facultativo que acredita que la mujer cumple con alguno de los requisitos despenalizados se pone continuamente en duda, como ya se ha visto con las denuncias a médicos y clínicas abortistas. En principio, la ley de plazos que se plantea nos permitiría decidir libremente durante las primeras 14 semanas de gestación y hasta la semana 22, en dos supuestos: cuando exista un grave peligro para la vida o la salud de la embarazada y cuando se detecten graves anomalías en el feto. Aunque no es perfecta, por lo menos permitiría el aborto libre durante las primeras semanas de embarazo, evitándonos pasar por una evaluación psiquiátrica en un momento tan difícil, además de poder hacerlo gratuitamente a través de la sanidad pública. En cuanto a la objeción de conciencia médica, no se regulará pero se propondrá que no se permita la objeción de conciencia en bloque de un hospital. Con esto se obligará a los centros públicos a facilitar la prestación a la mujer. Los centros deberán poner todos los medios para llevar a cabo el aborto a cargo de la sanidad pública. Si un hospital no pudiera garantizar la prestación del servicio tendrá que derivar a la mujer a otro centro para que se realice la intervención, tal y como se hace con otras prestaciones sanitarias (operaciones específicas, pruebas diagnósticas…). Uno de los aspectos más polémicos de la ley de plazos es que reconoce la autonomía en la decisión a las jóvenes a partir de los 16 años sin que sea necesaria la autorización de sus padres o tutores. Es muy curioso que se echen las manos a la cabeza porque alguien de 16 años pueda decidir sobre su propio cuerpo y que a la vez estén exigiendo que se tenga responsabilidad penal a partir de los 14.

No se espera que una mujer aborte, porque se espera que sea una madre abnegada, sumisa y sacrificada, no importa la circunstancia que sea. Sin embargo, cada vez somos más conscientes de lo que somos y queremos ser y que debemos decidirlo libremente. Todos estos valores que nos mantuvieron esclavizadas caen y desaparecen en el mismo momento que abortamos el feto no deseado. Porque nuestra decisión nos libera y nos cambia la vida. Porque el deseo de ser y saberse mujer prima sobre todo.

Sin embargo, no se debe olvidar que pasar por esta experiencia es doloroso y traumático. El aborto no es una práctica deseable, ni un método de control de la natalidad, ni algo recomendable. Es solamente una situación extrema en la que hay un conflicto de por medio y en la que se debería proteger la decisión que tome la mujer, cualquiera que ésta sea.

El deseo de ser madre debe ser la expresión más pura de libertad, en el que nadie se inmiscuya, para que esta experiencia sea enriquecedora. Donde la capacidad creadora de la mujer pueda desarrollarse al máximo, dentro de un proceso de cambios, que de por sí son muy dolorosos, violentos, complejos y únicos. Cambios capaces de ser experimentados sólo a través de cada cuerpo femenino, con tiempos biológicos y psicológicos individuales, diferenciados entre sí y con evolución propia.

Lo que se esconde detrás de gran parte del debate sobre el aborto, no es la naturaleza del feto, sino a quién corresponde controlar el cuerpo de las mujeres, que es una forma efectiva de control social patriarcal. Ninguna nueva ley del aborto, aunque sea de plazos, solucionará definitivamente esta cuestión, inserta en la naturaleza de las relaciones sociales capitalistas y patriarcales. El control de nuestro cuerpo y nuestra sexualidad es uno de los ejes de la cuestión de género, y no se resolverá hasta la construcción de una nueva sociedad igualitaria. Mientras tanto, debemos luchar por la defensa y mejora de nuestras condiciones de vida, por encima de las leyes y derechos que establezca el gobierno de turno. Los abortos tienen que realizarse gratuitamente a través del sistema público de salud, en un ambiente acogedor para la mujer y con una atención psicológica y afectiva, tanto anterior como posterior, según nuestras necesidades, y no las de la ley. Lxs que sufrimos y disfrutamos a diario la sanidad pública sabemos lo lejos que está de ser ideal. Debemos desarrollar y fomentar un mayor autoconocimiento de nuestra salud para un mayor control de nuestras vidas, y ejercer la presión necesaria, tanto a nivel colectivo como individual y local, para conseguir que las mujeres tengamos el futuro en nuestras manos.

Aborto y maternidad, en ningún momento aborto o maternidad.

Anónimo

LA OFENSIVA ETNOCENTRISTA, EL MACHISMO Y EL BURKA

“Efectivamente, me declaro, sin remilgos, ‘ateo cultural’. Puede que esto, como casi todo lo dicho en este capítulo, moleste a algunos, pero el escozor ajeno no es nunca suficiente motivo para plegarnos. Como ya he explicado, no me siento occidental, ni blanco, ni hispano, ni varón, ni de tal porción de suelo, ni ligado a tal región. Me dicen que lo que ‘soy’ deriva de ahí, pero cuando algo es tan circunstancial como el nacimiento, tan accidental como los progenitores, tan arbitrario como el entorno contra el que reaccionamos o al que nos adaptamos y –si no quiebran nuestro ‘yo’– tan innegociable como nuestra personalidad, surgen las dudas de que seamos productos de un mundo al que, con cada fibra de nuestro cuerpo, queremos ponerle fin”.

            Este fragmento, que suscribo completamente, lo tomo prestado del libro, todavía inédito, “Nuestro Individualismo o El ‘Yo’ en la encrucijada colectiva”, de mi tocayo Ruymán R. Rodríguez Álvarez. Y lo uso para justificar, y hacer mía, otra de las conclusiones del libro, según la cual: “[…] Participo del planteamiento de que todas las culturas son igual de buenas, pero porque pienso que todas pueden ser igual de malas”.

            Explico esto por anticipado para que se entienda mi voz como la de un ateo que habla sobre Dios, la de un amoral sobre Ética, un apátrida sobre Naciones o un marginado sobre Clases. Es decir, como la de alguien que habla sobre Cultura (en su acepción de normas de simulación gregarias) sin aceptar voluntariamente ninguna y tratando de negar el valor impositivo de todas.

            Dicho lo dicho, se entenderá –o eso me gustaría– que mi opción es la de barrer todo “ethos” adquirido “de serie” y todo “modelo de conducta” otorgado. Abogo, en su lugar, porque sea la prerrogativa Individual de cada uno, caprichosa y soberana, la única que determine como hemos de vivir y comportarnos. Si esta prerrogativa, sin embargo, coincidiera con un patrón prefabricado, pero aceptado y asimilado voluntariamente, no haría yo nada distinto coaccionándolo que lo que han hecho otros imponiéndolo (ya decía Armand que los Torquemadas irreligiosos no guardan mucha diferencia con los religiosos).

            En conclusión que cada cual “haga de su capa un sayo”, o, como Rabelais inmortalizo en el pórtico de su imaginaría Thelema, que no haya consigna más apremiante que el “Haz lo que quieras”.

            A razón de esto es evidente, y nos mentirían si trataran de persuadirnos de lo contrario, que no es el “Haz lo quieras” la motivación del 100% de las mujeres que usan burka. La teocracia sepulta a las mujeres tras sus edictos éticos y estéticos; el patriarcado convierte en culpa y vergüenza el mismo cuerpo que la naturaleza hizo nacer desnudo; el aspecto más autoritario de la religión, el fanatismo tergiversador, tiñe de divinidad los prejuicios más vulgares y mundanos. Todo esto es lo que mueve a muchas mujeres, entre otras cosas, a portar el burka.

            En dichas condiciones, los “amigos y amigas de libertad”, de “la rebeldía”, “del sufrimiento”, deben colocarse al lado de aquéllos cuya autonomía es escarnecida. La conclusión no puede ser más fácil. Pero… ¿y si el sujeto en concreto afirmara llevar voluntariamente el burka, no estar obligado por nadie, ser una persona emancipada de cualquier tutela, y usarlo como un signo de “reivindicación cultural”, como quienes llevan una bandera, un crucifijo, un turbante, un sari o una kipá?

            Hasta que este sistema, sus normas, su obligatoriedad y su compulsión económica, no hayan sido reducidos a escombros, se hace difícil saber hasta qué punto una persona afirma estar conscientemente autoliberada y decidir de forma independiente. Siempre tendremos pendiente sondear el nivel de influencia del entorno y la tendencia al mimetismo, el ascendente que sobre la voluntad tiene el “deseo de agradar” y otros miles de mecanismos uniformadores que quizás no desaparezcan, por mucho que se mitiguen, ni en un enclave desregularizado en Anarquía (con los medios a nuestro alcance, dependerá de cada cual cuanto quiera desarrollar su personalidad y si quiere hacerlo “al margen”, por comparación, contraste e imitación o de forma independiente pero compartida).

            Mientras no llegue ese momento no podemos juzgar las dosis de voluntariedad que hay en la vida de los demás más que extrapolándola a la nuestra y, si nos sentimos ligados a él, a la de nuestro entorno.

            Las personas que se tienen por “libres”, o que desean serlo, pueden mirarse al espejo y descubrirse cargando con un uniforme cultural, también adaptado por el género, que los asemeja a determinado rebaño. El corte de pelo de unos y la vestimenta de otros, tanto si homogeniza selectivamente y nos une a los “diferentes” como si lo hace mayoritariamente y nos une a los “normales”, ¿es fruto de nuestra capacidad electiva? Muchos de nosotros, creyéndonos inmunes a las triquiñuelas del sistema, diremos que sí, que nos parecemos a este y al otro y nos vestimos de tal o cual manera por pura voluntad. En muchos casos nuestra voluntariedad es, como mínimo, tan positiva o negativamente creíble como la de cualquiera que se viste por motivos religiosos, nacionales, etc.

            Llegados a este punto de autoanálisis podemos ampliar un poco más el plano y escudriñar a “nuestra” Sociedad toda. La gente que se ha lanzado a la “caza del burka”, a la prescripción sobre su uso y a la criminalización de sus usuarias, con la clase política a la cabeza, lo hace tratando de ampararse en un vago concepto de “igualdad” (vago por salir de boca de quienes sale) y un supuesto “feminismo” (ídem). La gente que parangona “prohibición” y “libertad” son homólogos de los que apoyan la persecución de inmigrantes en Arizona, su acorralamiento y captura como la de los antiguos esclavos fugitivos. Son los que firman y aplauden la ofensiva conjunta que allén de los Pirineos y en la Peninsula ibérica se está llevando a cabo para proscribir personas. No importa, como no ha importado nunca, el partido político, ni si los dirigentes que hacen soñar la trompeta del prejuicio son quienes reclaman el respeto a una “diferenciación cultural propia” o los que vomitan lo de la “España Unida”. El centralista pisa al regional y ambos al meteco. El mismo que clama cuando siente ningunearse sus “tradiciones” y “costumbres” no tiene reparos en orinarse sobre las del “inferior”. La intolerancia sabe hablar con todos los acentos[1

CALEIDOSCOPIO

A veces me cuestiono si la mirada distorsionada que tenemos sobre los fenómenos sociales puede deberse a algo más allá de la tintada lente cóncava desde la que se nos permite ver a la propia sociedad. 

Me interrogo y trato de sondear el problema en “buena lid”, con afán constructivo y desinteresado; no obstante, la conclusión, empírica, es siempre la misma. 

Ayer vi, con la sangre en los ojos, cómo la cabeza de un hombre era pateada por un policía norteamericano. Contemplé cómo la periodista que nos ofrecía la noticia se mostraba indignada por esa demostración de brutalidad policial. Tan sólo unos instantes después la misma periodista arrinconará su reprobación “democrática” cuando nos muestre las imágines de unos disturbios “extra futbolísticos” en Barcelona. Allí, un hombre herido es aplastado contra el suelo mientras quienes le rodean tratan de trasladarlo, sin que la policía, la misma que lo embiste, repare en su estado; otro es golpeado con saña en las piernas, espalda y cabeza mientras tres policías de paisano lo inmovilizan y lo dejan en postura franca para que el que enarbola la porra no pueda fallar; una chica, que caminaba tranquilamente con un acompañante, es empujada violentamente por la espalda, siendo la hazaña obra de otro policía dotado de la frialdad y predeterminación propias de quien se sabe impune, dueño de una calle que empieza a estar despejada. Ante este espectáculo la periodista sólo sabrá hablarnos de la “brutalidad de los vándalos” y de cómo han “obligado a la policía a emplearse a fondo”… Uno sólo puede leer en sus labios la aprobación morbosa. 

Mis ojos curiosos no se paran ahí. Observo el horror farisaico que muestran unos rostros maquillados, mientras hablan de las brutales medidas racistas que pretende imponer Berlusconi a los inmigrantes en Italia. Presencio un espectáculo de lamentaciones y vestiduras rasgadas provenientes de los mismos que contemplan impertérritos a miles de hombres y mujeres engullidos por el Atlántico, confinados entre hormigón, hambrientos en el asfalto o muertos y sepultados por la tupida red de las “extrañas circunstancias”. Ante esto, las mentes “bien pensantes” de la democrática abstracción “española” permanecen en calma, serenos, como todos… Ahogados en silencio. 
Sigo mirando un poco más lejos en el tiempo y, sin mucho esfuerzo, veo el horrible espectáculo ofrecido por el Estado marroquí cuando apercolló judicialmente a un muchacho por atreverse a vulnerar una consigna tradicionalista sustituyendo el “sacrosanto” nombre del monarca por el de un equipo de futbol. Un espectáculo repulsivo, lamentable, desquiciado, propio de la pesadilla kafkiana relatada en El Proceso. Y aún cuando el recuerdo es más lejano, podemos, con los ojos de la memoria, seguir viendo cómo, en esta misma década, un periodista, también marroquí, fue detenido por atreverse a caricaturizar la “hierática” figura real. Sin embargo, según dicen los “analistas mediáticos”, eso en un “país progresista, europeo, avanzado”, nunca pasaría… Horrible giro del guión ¿Qué podría pasarnos, en uno de esos “civilizados países desarrollados” si ridiculizáramos a un monarca o a uno de sus vástagos en una viñeta de forma pública? ¿Qué nos ocurriría si quemáramos su “egregio” retrato, si mancilláramos la representación “sagrada” de un símbolo “suprahumano” encarnado en una cara profana? Nos pasaría lo mismo que en esas fronteras tan “lejanas” y tan “alejadas del progreso”; nos sentaríamos en el banquillo de los acusados, nos resignaríamos a ver nuestras ideas secuestradas y nuestros cuerpos maniatados, seríamos amordazados en aquella región donde todo Individuo es soberano: su Conciencia. Allí, nos descubriríamos prisioneros en nuestra propia mente, cautivos por causa de todo aquello que nuestra imaginación se atreviera a vomitar.

Sí, gozamos de un catalejo que presume de nitidez cuando se trata de observar las injusticias “extraterritoriales”; pero tenemos un gran Caleidoscopio ante nuestros ojos cuando somos tan atrevidos como para tratar de otear nuestros propios pies. Todo “fuera”, en la distancia, es “barbarie”, “salvajismo”, “machismo”, “xenofobia”, “censura” y “violencia”; pero aquí todo se escuda bajo la putrefacta “Civilización” y la carcomida “Europa”. Los uxoricidios que tiñen de rojo las calles y casas convertidas en presidios para toda mujer que aspire a la independencia de espíritu; el genocidio pasivamente consentido y activamente provocado por unas barreras liberticidas –marítimas y terrestres– que aniquilan a la juventud africana cuando no se contentan con ahogarla en su propia cuna; que un Individuo pueda ir a la cárcel, ser violentado en los dominios de su Pensamiento, por osar manifestar su odio y desprecio hacia toda institución monárquica o hacia una organización recaudadora de derechos de autor, eso es algo que queda oculto y desvirtuado bajo la oscura lente de nuestro particular Caleidoscopio. 

En estas circunstancias, hablar de “libertad de expresión” resulta una simple broma macabra. 

Pero yo, personalmente, no puedo contentarme con acatar satisfecho tal conclusión. Quiero condenar el dolo allá donde lo encuentre y destruir toda abstracción caduca sin importarme qué intereses represente, y lo haré, pues –parafraseando a Henry David Thoreau– por lo menos mediante mis ideas podré asesinar al Estado.

Ruymán Épater les Bourgeois